Antes de iniciar la lectura de este texto, recomiendo que consultes la cartelera de cine de tu ciudad. Sí, no lo pienses tanto, solo chequea  la cartelera. Ahora sí, podemos continuar. Apuesto a que al menos una de las opciones tiene como protagonista a un superhéroe ¿Cierto? Recientemente, el mundo del cine se ha visto invadido por una serie de personajes fantásticos que poseen todo tipo de poderes supra humanos ¿Casualidad? No lo creo.

Ante realidades, a veces, tan difíciles que experimentamos como jóvenes, constantemente nos vemos en la necesidad de buscar estímulos que nos impulsen a creer en lo imposible, a soñar con que llegue alguien con los poderes necesarios para detener el accionar de los “malos” y lograr así el anhelado final feliz.

Me detengo a pensar en un clásico: Peter Parker, un muchacho común, inteligente, tímido, solitario, víctima de acoso escolar, y de paso huérfano. En el momento menos esperado es mordido por una araña radioactiva en una exhibición científica y adquiere la agilidad y fuerza proporcional a la de un arácnido. Junto con su súperfuerza, se gana la capacidad de adherirse a las paredes y techos. Su vida cambió para siempre, sus metas, propósitos y capacidades pasaron a otro nivel ¡Wow!

Luego de conocer historias (ficticias) como la de Peter, queda la sensación eufórica que nos obliga a preguntarnos: “¿Qué haría yo si tuviera esos poderes?” Y ahí nos imaginamos con cuerpo atlético, capa y rayos láser logrando actos heroicos. Cuando reaccionamos y nos damos cuenta de que eso no va a suceder, abruptamente caemos de la nube. Nos damos cuenta de que aunque es divertido lo que se nos plantea, no deja de ser algo irreal. Y lo ficticio es cautivador, pero pasajero. En el fondo, el corazón nos pide más que una simple ilusión. Buen momento para recordar que hay que pisar tierra y enfocarse en lo que no se desvanece.

Hace más de dos mil años, un acontecimiento real y sin igual, sucedió para transformarnos. El Héroe por excelencia, el verdadero Todopoderoso, nos envió la efusión de su Espíritu. Nos hizo portadores de sus dones para que, poniéndolos en práctica: hagamos el bien, derrotemos la oscuridad, encontremos el amor verdadero y salvemos el planeta -palabras más, palabras menos: lo mismo que hace un superhéroe- Y desde entonces, gozamos de siete poderes especiales que nos impulsan a salir de nuestras zonas de confort para alcanzar niveles insospechados de valentía. No hay maleficio, banda de villanos, ni kryptonita que pueda contra los efectos de la ciencia, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Qué grandioso sería el mundo si todos los portadores de esta fórmula salvífica asumiéramos nuestro rol protagónico ante la humanidad. Solo piénsalo. No necesitamos ser invisibles ni absurdamente musculosos, y mucho menos andar disfrazados por las calles.

Se trata de que nuestro traje de combate sea el del “hombre nuevo”, que entrenemos constantemente a través de la formación y aprendamos a portar a diario la Armadura de Dios: “Por lo demás, fortalézcanse en el Señor con su energía y su fuerza. Lleven con ustedes todas las armas de Dios para que puedan resistir las maniobras del diablo. Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba. Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. Tomen la verdad como cinturón y la justicia como coraza; estén bien calzados, listos para propagar el Evangelio de la paz. Tenga siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea la Palabra de Dios” (Ef  6. 10-17).

El tío del joven Parker dijo una frase que bien pudiera calzar a cada uno de nosotros: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Tenemos mucho por hacer. Los dones ya están, hagámoslos brillar.

¿Estás dispuesto a asumir la misión? “El mismo Señor nos dio la orden: Te he puesto como luz de las naciones” (Hch 13, 47).

Vivamos con plena confianza la aventura que el Guionista que “escribe recto sobre líneas torcidas”  ha dispuesto para cada uno de sus héroes. Vayamos sin miedo. Esta juventud tiene que inventar un mundo mejor. María Santísima, la llena de Gracia, nos precede en el camino ¡Ánimo!

Autor: 
Katherine Perez
Escribe para pjlatinoamericana.org
Texto original: http://noti.pjlatinoamericana.org/wordpress/index.php/2017/07/14/animo-y-que-la-fuerza-te-acompane/