Que el Espíritu Santo os haga creativos en la caridad, perseverantes en los compromisos que asumís y audaces en vuestras iniciativas, contribuyendo así a la edificación de la “civilización del amor”. El horizonte del amor es realmente ilimitado: ¡es el mundo entero! (Mensaje del santo Padre Benedicto XVI a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXII jornada mundial de la juventud 2007)

Corría el año 1975, y el mundo era testigo de la muerte en España, del generalísimo Francisco Franco, del asesinato del Rey Faisal, del comienzo de las hostilidades en el Líbano, de la caída de Saigón, del derrocamiento de Morales en Perú, y en el caso nuestro, la sociedad Dominicana se conmocionaba por el asesinato del periodista Orlando Martínez. Tanto el  escenario mundial, como el nacional, estaban tintados de violencia, cargados de elementos bélicos, y sobre todo un aire de negatividad golpeaba el rostro de la humanidad. El momento histórico no era para nada sencillo;  pero, en medio de esta realidad inquietante, como una voz que proclama en el desierto, el Papa Pablo VI, en la noche de navidad mientras se clausuraba el Año Santo que llevaba como lema “renovación y reconciliación”, formula, como una forma de prolongar el proceso de renovación en la iglesia, la construcción de una “civilización del amor”. Han transcurrido unos 42 años desde entonces, y estas palabras, más que desaparecer en el tiempo, se han sedimentado en el corazón de muchos cristianos, acentuando cada día más en los jóvenes latinoamericanos. El latido de esta frase atemporal, golpea cada vez más fuerte a cada uno de nosotros, que a pesar de vivir en el siglo 21, seguimos siendo testigos de muchas injusticias, inequidades, maltrato, y como se dice en buen dominicano, de mucha “mala fe”, sobre esto último, el mismo Papa expresó en aquel entonces: “el concepto de la paz( …. ), parece sucumbir ante la fatal fuerza superior de la incapacidad del mundo para gobernarse en la paz y con la paz” (33, 382).

¿Con qué se come eso de la Civilización del amor?

El Diccionario de la lengua española, en su edición del tricentenario, define civilización como: “Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas”. Sin embargo, para el Beato Pablo VI, civilización se entiende como aquel conjunto de condiciones morales, civiles, económicas, que permiten a la vida humana una posibilidad mejor de existencia, una racional plenitud, un feliz destino eterno” (3, 155). Es decir, que toda visión de civilización debe estar encarrilada hacia un estado cada vez más humano, balanceado, y optimista, pero sobre todo bajo el amparo del amor. En ese sentido, Sergio Silva G., autor del estudio “La Civilización del Amor, una propuesta de Pablo VI” sintetiza en tres niveles sociales los detalles de  esta civilización:

A nivel personal, pide Pablo VI que ‘el instinto del egoísmo, del engaño y de la delincuencia deje paso al espíritu de mutuo respeto y de colaboración” (36).

A nivel grupal, el amor en la familia cristiana le parece el primer paso hacia la civilización del amor ( 2).

En cuanto al nivel colectivo, estructuras sociales que reflejen la realidad de nuestra condición de hijos de Dios y, por lo tanto, de hermanos entre nosotros” (22). En este nivel colectivo tienen un lugar importante también los valores: “sembrad a vuestro alrededor los grandes valores de la ‘civilización del amor’: la solidaridad, la hermandad, la dignidad de la persona humana, la superación de toda discriminación o segregación, el servicio a la justicia, la firme voluntad de construir la paz ‘ (51, 131).

Concatenado con lo antes visto, y si aún tienes duda de la conceptualización, nuestros obispos latinoamericanos  lo expresan: “Civilización del Amor es una invitación a vivir los valores evangélicos en todos los ámbitos del cuerpo social; no es una ideología sino una cosmovisión evangélica. “Se trata de un cambio en la interioridad de los pueblos, en su misma raíz, en los estratos de sus culturas. En una palabra: sobre los hombres nuevos se construirán sociedades nuevas que aseguren la justicia, la libertad, la fraternidad, la solidaridad[1]. Todo un reto, al que estamos llamados, para que no solo el proceso de renovación en la iglesia siga su curso, sino para que seamos verdaderos detractores de la “Civilización del espectáculo”, que nos bordea, nos apretuja, y sobre todo alimenta antivalores que impiden que el amor al prójimo florezca. Seamos, sal y luz del mundo, seamos entes compuestos por una filosofía de amor Cristocéntrica, y como bien plantea el extinto Papa Pablo VI,  ‘lo que necesitamos es cambiar decididamente de rumbo; someter y coordinar el crecimiento económico a las exigencias del progreso auténtico del hombre y de la solidaridad social; concebir el crecimiento económico mismo de manera que ayude a los hombres y a las sociedades a superar los condicionamientos materiales e instintivos en lugar de verse atrapados en ellos. Tenemos necesidad de innovaciones arriesgadas y creadoras (cf. Octogésima Adveniens 42)” (17, 222-3).

¡Seamos jóvenes, apegados al verdadero amor, apelemos a la justicia, a verdaderos valores de vida, a la hermandad, pero sobre todo a una caridad despojada de prejuicios!

[1] SEJ-CELAM, Juventud, Iglesia y Cambio. Propuesta Pastoral para la construcción de la

civilización del amor, CELAM, Bogotá, 1983, p. 27

Por Juan Alexander Pascual