Hoy, día 8 de Septiembre, se celebra en el Mundo Cristiano Católico, la Natividad de Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, madre de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, El Señor. Desde la profecía de Miqueas, el Señor nos dice: “Pero tú Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial.” Ya desde varios siglos antes, el Profeta Isaías hablaba de que el Mesías, el Salvador vendría de una virgen: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le podrá por nombre Enmanuel.” (Is 7, 14) La virgen María era hija de San Joaquín y Santa Ana. El Apóstol Lucas, es el que más nos habla de María. “Lucas es un hombre fuertemente sensibilizado por aquellas motivaciones con las que aparece muy envuelta la persona y la vida de María, como por ejemplo, la humildad, la paciencia, la mansedumbre. Allá donde Lucas encuentra un vestigio de misericordia, él queda profundamente conmovido; y en seguida lo anota en su evangelio. Nuestro evangelista médico detectó y apreció el alma de la mujer y su importancia en la vida mejor que ningún otro evangelista” (El Silencio de María de Ignacio Lañarraga).

María según aparece en los evangelios, nunca fue una mujer pasiva o alienada. Ella cuestionó la proposición del ángel (Lc 1, 34). Por si misma tomó la iniciativa y se fue rápidamente, cruzando montañas, para ayudar a Isabel en los últimos meses de gestación y en los días del parto (Lc 1, 39ss) En la gruta de Belén ella, ella sola, se defendió para el complicado y difícil momento de dar a luz (Lc 2,7) Cuando se perdió el niño, la Madre no quedó paralizada y cruzada de brazos. Tomo rápidamente la primera caravana, subió de nuevo a Jerusalén, recorrió y removió cielo y tierra, durante tres días, buscándolo (Lc 2,46). En las bodas de Caná, mientras todo el mundo se divertía, sólo ella estaba atenta. Se dio cuenta de que faltaba vino. Tomó la iniciativa y, sin molestar a nadie, ella misma quiso solucionarlo todo, delicadamente. Y consiguió la solución. En un momento determinado, cuando decían que la salud de Jesús no era buena, se presentó en la casa de Cafarnaún para llevárselo, o por lo menos cuidarlo (Mt 3, 21). En el Calvario, cuando ya todo estaba consumado y no había nada que hacer, entonces sí, ella quedó quieta, en silencio. (Jn 19, 25)

¡Cuánto tenemos que aprender de esta Señora del Silencio como dice Larrañaga en sus versos! “María pertenecía a la parte del pueblo de Israel que en el tiempo de Jesús esperaba con todo su corazón la venida del Salvador. Gracias a las palabras y a los gestos que nos narra el Evangelio podemos ver cómo ella vivía realmente según las palabras de los profetas. Esperaba con gran ilusión la venida del Señor, pero no podía imaginar cómo se realizaría esa venida. Quizá esperaba una venida en la gloria. Por eso fue tan sorprendente para ella el momento en el que el arcángel Gabriel entró en su casa y le dijo que el Señor, el Salvador, quería encarnarse en ella, y que quería realizar su venida a través de ella. Podemos imaginar la conmoción de la Virgen. María, con un gran acto de fe y de obediencia, dijo “Sí”: “He aquí la esclava del Señor”. Así se convirtió en “morada” del Señor, en verdadero “templo” en el mundo y en “puerta” por la que el Señor entró en la Tierra.” (Homilía en víspera de Adviento de Benedicto XVI)

Gracias María, por haber consentido ser la Madre del Salvador, a pesar de que con eso una espada atravesaría tu corazón, según la profecía de Simeón, cuando fuiste a presentar al niño al templo. (Lc 2, 35) Bienaventurada eres María, por habernos conseguido por medio de Tu Hijo Jesucristo gozar de las prerrogativas de la Salvación. Amén!

Por Maruchi de Elmudesi, Pastoral Familiar