‘‘Eto mambo y coro, eto e coro y mambo…’’

‘‘Alegría eh eh, alegría, alegría eh, alegría… Yo te conozco bacalao aunque venga disfrazao…’’

‘‘Yo toy como el limbooo, yo no sé qué fue lo que bebí yo, vamo’ a ponele un nombre a la nota de hoy, toy I wanna get hiiiiiiigh…’’

¡Cuántas ofertas de alegría pasajera!, Mambo y coro, bebida y estar ‘‘con la nota alta’’, o en otras palabras más claras, dándose un pase.

Jesús utilizó el símbolo de la Vid para describirse a sí mismo, y esto no fue por casualidad, ni mucho menos lo fue el habernos llamado a nosotros sus ramas o sarmientos: «Yo soy la vid y ustedes las ramas.» (Juan 15, 5)

La vid es una planta de tronco leñoso, de muy larga vida; ¡Es fácil encontrar una vid centenaria! Sus ramas o sarmientos son frágiles, intrépidos e imponentes con los años, pudiendo alcanzar una enorme capacidad para desarrollarse y explorar el terreno casi como la hierba. Sin embargo estos, requieren de mucho tiempo para lograrlo.

Los sarmientos o ramas suelen tener un largo período juvenil (entre 3 a 5 años), durante el cual no son capaces de producir flores. Una yema brota y no se abre hasta después de un año. Las flores al retoñar son simples, pero están dotadas de cáliz y corola.

En tiempos difíciles como en el invierno o durante sequías, la Vid se vuelve más exigente con sus ramas o sarmientos para que puedan mantenerse vivos y ser fértiles, de manera que les limita a que no vivan en alturas excesivas ni en los desiertos. Los malos tiempos, así como los insectos, plagas y enfermedades son los grandes enemigos de las frágiles ramas de la vid.

Por otro lado, las hojas de esta planta están siempre abiertas y tienen una forma palmeada. Éstas son las encargadas de transformar la sabia bruta en sabia elaborada y son las ejecutoras de las funciones vitales de la planta, como la transpiración, respiración y la fotosíntesis.

Jesús es el Tronco Fuerte, la caña cascada que no se quebrará (Mt, 12, 20), Él es quien ha sostenido su Iglesia por cientos y cientos de años, pero Él es también quien sostiene tu vida en estos momentos. Sus manos son como las hojas de la Vid, están siempre abiertas para ti, para recibirte, para amarte y perdonarte. Con sus manos Él transforma nuestra ‘‘sabia bruta’’ en ‘‘sabia elaborada’’.

Cuando Jesús nos toca cambia nuestra soberbia, transfigura nuestra propia inteligencia y sentido de autosuficiencia en sabiduría de Dios, y es desde entonces cuando podemos verdaderamente respirar, es desde su toque cuando empezamos a vivir una fotosíntesis, una metanoia, un cambio de mentalidad, que nos prepara para producir fruto. ¿Y tú, te has dejado transformar por El Señor? Déjale cambiar tu interior y serás feliz.

Del carnoso y jugoso fruto de la vid se extrae el más exquisito y valioso líquido del mundo que es el vino, el cual es signo de la Alegría en la vida judía. Jesús mismo lo utilizó en la última cena con sus amigos, indicando que éste, consagrado por Dios Padre, era su sangre, pues en Él está la Alegría Verdadera. «Yo soy la vid verdadera»… (Juan 15, 1). Tú estás destinado(a) a ser feliz y sólo permaneciendo en Cristo podrás hallar la verdadera felicidad.

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa.» (Juan 15, 10-11)

Tú y yo somos como los sarmientos, somos frágiles, nos rompemos fácilmente cuando nos azotan los malos tiempos: Cuando nos llega la helada soledad, cuando perdemos a un ser muy querido; cuando nos golpean las tormentas de la crisis económica, conflictos con nuestros padres, amigos o novio(a).

Al igual que los sarmientos nos hacemos más quebradizos cuando nos ataca una enfermedad inesperada, pero también cuando se nos pega la plaga del pecado que nos roba la paz y la vida de la Gracia. Sin embargo, Cristo sigue siendo La Vid Verdadera, La Alegría Verdadera, Él sigue estando ahí, no como la chercha, la cual no necesariamente es mala, pero que es pasajera.

Por qué provechar estos días para juntarte con tus amigos o familiares en un ‘‘coro sano’’ a compartir la Alegría de la Resurrección del Señor con cantos, música alegre pero con mensajes positivos, y por supuesto, lo que no se puede quedar: ¡Unas habichuelas  dulces!

¡Apégate fuertemente a Jesús, sigue sus mandamientos y te aseguro encontrarás la Alegría verdadera, la que permanece en tu corazón en cualquier momento!

¡Dios te bendice!

Manuel Lamarche