Crecer es una cualidad natural de todos los seres humanos. Venimos de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre, el cual cambiando semana tras semana, pasando a convertirnos en un feto, con cabeza, tronco, extremidades y múltiples órganos en funcionamiento. De repente, en un lapso apropiado de 9 meses ¡Nacemos!, pasando a ser un bebé, un ser frágil, dependiente de otros en lo absoluto, pero que el día menos esperado se pone de pie y arranca a caminar, pasando en un abrir y cerrar de ojos a ser un niño(a), que va a la escuela y empieza un proceso de crecimiento y aprendizaje académico.

Al cabo de unos años nos convertimos en preadolescentes; los varones locos porque nos salieran el bigote y los músculos, mientras que las niñas ya empiezan a tener el cuerpo de mujer y su periodo menstrual; desesperados por ser adultos resulta que primero nos llega a adolescencia, etapa en la que aún adolecemos de la madurez necesaria para decidir lo que realmente es mejor para nosotros mismos…. Algo que nos molesta…. Que nos digan lo que tenemos que hacer….  Pero ¡Al fin! Nos hacemos adultos, y entonces, queremos volver a ser niños, jejeje.

Al pasar del tiempo y si Dios nos lo permite por último llegamos a la ancianidad, momento en el que sí pasamos a vivir como los niños, dependiendo de otros para nuestras necesidades básicas, como comer, asearnos, dormir, entre otras actividades diarias.

Ahora bien, aunque nuestro cuerpo va creciendo naturalmente con los años, también existen otras partes muy importantes de nuestro ser que pueden y deben crecer, solo que no lo hacen por sí mismas, sino que nosotros tenemos que ayudarles a que lo hagan, y estas son nuestra mente y nuestro espíritu.

Crecer en la Mente y en el Espíritu

Crecer en la mente es adquirir sabiduría, más no solo inteligencia humana, la cual obtenemos por medio de los estudios académicos y nos regala una profesión, la cual es muy buena, sino que adquirir sabiduría es mucho más aun, es crecer en el conocimiento de Dios, en la Fe, en su voluntad para tí, es descubrir sus propósitos para tu vida, es hacerte consciente de tu vocación personal en este mundo como hijo suyo que eres, lo cual no tiene comparación.

Crecer en la mente es ser capaz de tener una metanoia o cambio de mentalidad frente a la vida que Dios te regala y empezar a vivirla como Él desea, que es en plenitud, alcanzando una madurez tal que te permitirá no solo buscar tu propia felicidad, sino también la de los demás, consciente de que todo el bien que te rodea es un don suyo, por lo cual agradecer y lo cual debes cuidar.

Quizás te hayas fijado en personas que siendo adultas se comportan como niños u otros quienes siendo muy inteligentes académicamente actúan como si no pensaran, atropellando a los demás, viviendo solo para sí mismos, destruyendo el medio ambiente, inconscientes de su mal actuar. Esto pues porque no han crecido en la mente, en la sabiduría de Dios, la cual obtenemos a través de la Palabra, de la Biblia.

Por otro lado, crecer en el Espíritu es aumentar nuestra vida interior, nuestra Piedad, nuestra vida de Oración, nuestra vida Sacramental.

Muchas personas dedican largas horas en el gimnasio para hacer crecer sus músculos, creciendo en muchos casos también su ego, volviéndose ‘‘unos leones’’, pensando que nadie puede con ellos, pero ante situaciones difíciles, como la muerte de su madre, un cáncer, la pérdida de su trabajo, se derrumban. ¿Será que ponernos fuertes es lo que nos da verdadera fortaleza o ser fuertes espiritualmente?

Crecer espiritualmente es hacernos fuertes interiormente por medio de una relación íntima con Jesús para ser instrumentos suyos en la tierra, para saber discernir y enfrentar  las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida como Él desea. Por lo tanto, crecer en la Mente y en el Espíritu nos permite alcanzar la vida en la Gracia a la que Dios nos ha llamado, ser felices, plenos como seres humanos y amar verdaderamente a los demás.   

Crecer en Familia

¿De qué serviría crecer solos?… Es más, me atrevo a decir que aquel que ‘‘crece solo’’ en verdad simplemente se infla, se abulta, se abomba, se ensordece, se aburre, se emborracha de saberes y  se frustra, despreciando aquello de lo que se llenó, se queda triste o se vuelve como una chicharra, que se la pasa resonando todo el tiempo solo hasta que explota.

Jesús nos dejó una parábola en la que quiere destacarnos que sí debemos crecer, crecer para iluminar a los demás, empezando por irradiar la luz de Cristo a  quienes conviven con nosotros:

«Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo 5, 14-16)

Un testimonio de Crecimiento Familiar 

Cuando tenía aproximadamente 12 años me pasaba gran parte de las tardes o jugando vitilla o baloncesto, pero no bastaba con la semana, sino que jugaba todos los días, hasta los domingos. Aunque en mi familia éramos cristianos, íbamos a la Misa solo en las festividades especiales, es decir, en Domingo de Ramos, Viernes Santo o Navidad.

Un domingo cualquiera, Beto, mi mejor amigo y su madre me invitaron a la Misa de las 6:00PM y a regañadientes acepté. Cuando llegó el momento de la Comunión me quedé asombrado, pues vi como Don Beethoven, Tía Rosmery, Beto, Enmanuel y Rosse Marie se pusieron juntos de pies y haciendo una fila horizontal (un al lado del otro) comulgaron todos juntos como familia. Aquella imagen se quedó en mis ojos, se grabó en mi memoria y marcó mi corazón. Sentí nostalgia pues anhelaba que mi familia y yo fuéramos juntos también y alegría a la vez por ver como ellos crecían juntos como familia.

Pasó una semana y ¿Sabes qué? Mi tia Rosmery invitó a mi madre y a mi padre y yo con gran emoción les dije: ¡Vamos! ¡Vamos en familia! Gracias a Dios fuimos juntos ese día y en varias ocasiones más. Hoy en día, como casado, cada domingo voy junto a mi esposa y mis hijos a la Eucaristía y aunque Samuel y Daniel aun no pueden comulgar porque son niños pequeños, nos paramos todos juntos a la Comunión y crecer en familia.

Podemos y debemos crecer académicamente, formarnos, prepararnos, ser buenos en nuestros estudios para ser buenos profesionales y para poder servir mejor a los demás, pero también crezcamos en la sabiduría divina y en el espíritu, “crezcamos hasta alcanzar la plenitud de Cristo” (Ef 4,15), pues así viviremos según el plan de Dios para nuestra vida y seremos realmente felices, pero no lo hagamos solos, ¡Crezcamos en familia!, leamos juntos la Biblia, oremos juntos, vayamos juntos a la Iglesia, pues la familia que reza unida permanece unida y la unión ¡Hace la fuerza!

¡Dios te bendice!

Manuel Lamarche